23 feb. 2009

Recordándote

Ya son quince los años vividos sin ti y, sin embargo, todavía puedo respirar el olor que desprendía el aire aquella tarde que nos vimos obligados a decirte adiós, a dejarte tras la pesada losa que oprimía mi corazón.

El andar por el pasillo central del cementerio se hacía pesado, era un arrastrarse hacia la negación de la realidad, una broma macabra, una pesadilla.


Luego,

el silencio.


La sensación de que si no escribían tu nombre en la pared recién levantada, no sería verdad. Pero lo escribieron. Y cada letra que emergía de aquella mano arañaba lo más profundo de mi alma.

Todo aquello no tenía ningún sentido. Ahora tampoco.

No pude decirte adiós, ni pedirte perdón por haberte increpado en el rellano de la escalera de mi casa cuando sólo pretendías hacerme recapacitar.

Ni disculparme por no habértelo dicho.

Nos hemos visto en la obligación de continuar construyendo nuestras vidas sin ti, no sin haber experimentado antes el deseo de rebelarnos frente al destino - misión imposible de llevar a cabo-o de intentar tirar el tiempo atrás.


¡Cuánta estupidez concentrada en cada una de las lágrimas que nos arrancó tanta impotencia!


Pero el tiempo pasa y nos obliga a resignarnos al infinito vacío de tu física ausencia, a esa pesada decisión que condujo a la despreciable parca a arrebatarnos a alguien tan querido de nuestro lado. Pero sigues en nuestras vidas, presente como el primer día.
Yo creo en tu naturaleza etérea, en tu protección y cariño. Sí, probablemente continúas a nuestro lado a pesar de tus nuevas asignaciones. Brindo por ello.

Un beso para ti, bonita.

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